Tratamientos “anti-aging” en la lucha contra la COVID-19

Entre los factores de riesgo asociados a una mayor morbimortalidad por COVID-19, se han encontrado, la obesidad y, alteraciones metabólicas.La epidemia COVID-19 se ha cebado, especialmente en la llamada primera ola de marzo de este año, con las personas mayores. Y es que el envejecimiento repercute de forma negativa en la función del sistema inmune.

¿Pueden algunos tratamientos antienvejecimiento mejorar la efectividad de las vacunas contra la pandemia?

La epidemia de la COVID-19 ha golpeado fuerte y por sorpresa. El mundo científico se ha puesto desde un primer momento a trabajar para buscar soluciones que permitan contener y prevenir de manera efectiva, la enfermedad. Es un trabajo arduo, ya que exige tiempo, esfuerzo e inversión. Y las esperanzas están sobre todo puestas en la posible vacuna que permita afrontar la enfermedad por coronavirus con mayor tranquilidad, tanto a nivel individual como colectivo, “Sanidad prevé inmunizar a 10 millones de personas con la vacuna anticovid de Pfizer“, El Confidencial, 2020. Artículo publicado en la revista Alimente el 9/11/2020.

Entre los factores de riesgo asociados a una mayor morbimortalidad por COVID-19, se han encontrado entre otros la obesidad y, alteraciones metabólicas asociadas como la diabetes o la hipertensión arterial, además de la enfermedad cardiovascular previa o la insuficiencia respiratoria, “El coronavirus se ceba con el peso: cuantos más kilos te sobran más cerca estás de la UCI“, El Confidencial, 2020. Y sin duda, contraer la enfermedad a una edad avanzada ha sido uno de los peores predictores. Todos hemos vivido con desesperanza las noticias que señalaban como el virus se cebaba entre nuestros mayores.

¿Por qué esta alta mortalidad a edades avanzadas?

Sin lugar a dudas, todas las alteraciones que hemos señalado y que predisponen a un peor pronóstico, son más frecuentes entre los mayores. No hay más que fijarse en la hipertensión arterial, cuya prevalencia se dispara a partir de los 65  años afectando a un 70% de la población. Pero otro de los motivos es sin duda el envejecimiento de nuestras defensas, en lo que se denomina inmunosenescencia.

Nuestro sistema de defensa ante las infecciones está constituido por multitud de componentes, que entre otros pueden clasificarse como inmunidad humoral (las famosas inmunoglobulinas que se miden en los test de anticuerpos IgA e IgM) o celular (los linfocitos T o B). El envejecimiento puede afectar negativamente tanto al número de células (leucocitos) como a su nivel de actividad.

Por ejemplo, los mayores por lo general tienen menos células T vírgenes que responden ante el ataque de un nuevo invasor, o células B que producen anticuerpos. Además, en personas mayores se produce un desequilibrio en la producción de sustancias inflamatorias, necesarias para combatir cualquier proceso infeccioso. Es lo que se denomina en inglés “Inflammageing” uniendo los términos “inflammation” y “aging” (inflamación y envejecimiento). Este estado, de inflamación crónica de baja intensidad, hace que nuestro sistema inmune sea menos “sensible” ante estímulos externos, como una infección, o una vacuna.

Los mayores por lo general tienen menos células T vírgenes que responden ante el ataque de un nuevo invasor, o células B que producen anticuerpos.

Todo esto puede explicar la mayor susceptibilidad de los mayores frente a la COVID-19. Pero también es motivo de preocupación, porque la efectividad de alguna de las más de 50 vacunas en desarrollo, podría verse muy reducida en ancianos. La experiencia con vacunas como la de la gripe indica que puede ser necesario potenciarlas para mejorar su efectividad en mayores, bien con una mayor dosis del antígeno viral, bien mediante el uso de adyuvantes. Pero esa estrategia puede ser difícil de aplicar en una carrera contrarreloj como es la de la vacuna contra el coronavirus, ya que habría que desarrollar ensayos clínicos específicos.

Hablando de ensayos en marcha, algunos de ellos como el Fase 1 desarrollado por Moderna en EEUU)  indica que la respuesta en mayores de 56 años es similar a la que se encuentra en jóvenes. Otro ensayo, el de Sinovac en China, ha encontrado también buenos resultados en mayores con edades cercanas a los 89 años, comparados con adultos de unos 60 años. Sin embargo, el estudio de Pfizer con BioNTech en Alemania, muestra una efectividad en mayores que se reduce a la mitad que en adultos jóvenes. Y no sabemos si esos niveles conferirán protección contra el virus. Además, un análisis reciente de 18 ensayos clínicos de vacunas frente a COVID-19 encontró que muchos de ellos podrían estar excluyendo por diferentes causas, a sujetos con edad avanzada, lo que haría que los resultados puedan no recoger de forma precisa el impacto de estas vacunas en mayores, “The Exclusion of Older Persons From Vaccine and Treatment Trials for Coronavirus Disease 2019—Missing the Target“, Jama Network, 2020.

¿Qué alternativas existen?

Llegados a este punto, ¿Qué alternativas existen? Una de ellas podría ser potenciar la acción del sistema inmune. Y para ello, las estrategias antienvejecimiento podrían ser la respuesta. Una de las estrategias que ya mencionamos en este espacio, la dieta que imita al ayuno de Valter Longo, encontró que el sistema inmune de algún modo se “reseteaba” debido a la restricción calórica, “Ayuno intermitente: algo más que una moda“, Gente Sana, 2020.

Uno de los mecanismos por los que las dietas hipocalóricas o el ayuno parecen mejorar la longevidad en modelos animales, es la inhibición de una vía metabólica relacionada con la replicación celular, que se llama mTOR. ¿Podría esto ayudar a mejorar la función inmune?

Eso es lo que se comprobó en un estudio utilizando un inhibidor de mTOR, para comprobar si se reducía el riesgo de infección. Se administró dicha sustancia durante seis semanas, y se observó que los sujetos en la intervención tuvieron menor riesgo de infección en el año posterior, y una mejor respuesta a la vacuna de la gripe, “ATORC1 inhibition enhances immune function and reduces infections in the elderly“, PubLMed, 2018. Con estos precedentes, en la actualidad se están probando otros inhibidores mTOR, similares a la rapamicina, para verificar si pueden reducir el riesgo y la severidad de la infección por COVID-19, dados los antecedentes de un efecto positivo con otros Coronavirus.

Al parecer, la obesidad y la diabetes pueden inducir un déficit inmunitario similar al de la edad avanzada.

Otro posible candidato para mejorar la respuesta del sistema inmune sería la metformina, de la que ya hablamos en este espacio recientemente, “AAMetformina: Una nueva estrategia antienvejecimiento“, Gente Sana, 2020. Se ha podido comprobar que los pacientes diabéticos tratados con este fármaco, tienen un menor riesgo de morir o ser hospitalizados por COVID-19, “AMore Studies are Needed on the Link between Metformin and Decreased Mortality in Diabetic COVID-19 Patients“, AJTMH, 2020. Al parecer, la obesidad y la diabetes pueden inducir un déficit inmunitario similar al de la edad avanzada, por lo que se va a lanzar un ensayo clínico con metformina para valorar si puede prevenir o reducir los efectos de la COVID-19 en mayores; y otro ensayo que va a comprobar si este fármaco mejora la efectividad de la vacuna de la gripe en este colectivo. Estos dos trabajos podrían abrir la puerta a la utilización de la metformina para mejorar la respuesta a la vacuna contra COVID-19 en los mayores.

Un sistema inmune envejecido es un sistema inmune más débil y peor regulado. Algunas estrategias antienvejecimiento, por su actuación a nivel celular, pueden mejorar las defensas de nuestros mayores.

Cuando las células acortan sus telómeros, llega un límite en el que no pueden replicarse más y pasan a lo que se denomina estado senescente. Estas células “zombi” que no inician el proceso de apoptosis o muerte celular programada, tienen efectos perjudiciales sobre otras células ya que segregan toda una serie de sustancias que afectan negativamente a la función de las que se encuentran todavía activas. Los senolíticos son sustancias que favorecen la eliminación de este tipo de células, tales como la quercetina, que se encuentra en alimentos como la manzana, la cebolla o las alcaparras, y que además por cierto tiene actividad antiviral. O la fisetina, que se encuentra en las fresas, y que la Clínica Mayo en EEUU está probando en un ensayo con 70 mayores de 60 años para valorar si reduce el impacto del nuevo virus. Esta podría ser una tercera línea de actuación, junto con los inhibidores de mTOR o la metformina.

Estas estrategias, utilizadas antes de administrar la vacuna contra la COVID-19, podrían mejorar su efectividad y además hacerlo sin necesidad del desarrollo de formulaciones con una dosificación o preparación específica para ese colectivo de mayores. Un sistema inmune envejecido es un sistema inmune más débil y peor regulado. Algunas estrategias antienvejecimiento, por su actuación a nivel celular, pueden mejorar las defensas de nuestros mayores. Algo muy necesario en los tiempos que corren.

Clínica Dr. Durántez para un envejecimiento saludable

 

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